La Angustia

La angustia es un estado afectivo de doble dirección: le puede conducir al síntoma o le  puede indicar el sendero de la salud.  La angustia impele a la acción, pero actuar no es cualquier hacer sino hacer aquello que la situación requiere, y a veces lo que la realidad exige es esperar.

Cuando la persona permanece en la angustia gobierna en ella cierta anticipación fantasiosa, es decir, estar angustiada es un no tolerar la incertidumbre que siempre implica no saber cómo serán sus haceres hasta después de haberlos realizado; la angustia te tortura y se transforma en sentimiento de ansiedad, duda, temor o incluso rabia, cuando te rindes a la ideación fabulativa de cómo serán las cosas, en vez de ocuparte en la tarea actual.

Por eso, la angustia ante las situaciones de la vida, se hace fuerte en ese fantasear acerca de cómo será, qué haré, por ejemplo si no cumplo con mi trabajo, ¿qué será de mi vida sino encuentro la persona indicada? fabulaciones todas ellas que sirven a la permanencia en la angustia y en consecuencia,  el aislamiento.

La angustia debe ser apenas un instante, un vértigo fugaz que te impone la relación con tu cuerpo y su temporalidad.

A veces, lo que no se puede y origina angustia es simbolizar el aumento de excitación y en lugar de hacerlo frase aparece, de forma automática, la angustia.

Este desamparo psíquico gobierna padecimientos como la neurosis de angustia o la neurastenia donde cualquier acumulación de tensión impulsa a la persona a liberarla por vía somática para calmar con ello su angustia, y de esta manera, la encadena, por ejemplo a;  conductas compulsivas.

Al contrario de lo que a veces se piensa la angustia no sólo es constitutiva sino también necesaria; no se puede vivir sin angustia, por eso que no se trata de eliminarla sino de darle el lugar que le corresponde como paso de tránsito entre un placer inmediato e imposible y un placer demorado e inserto en lo social.

Todo comienza en el vacío significa que todo comienza en la angustia: la angustia de no saber qué decisión he de tomar hasta después de haberla tomado, qué escribir hasta después de haber comenzado, qué he dicho hasta después de ser escuchado.

Los niños padecen de una angustia primaria previa a toda su posterior y determinante investigación sobre las diferencias sexuales, sobre la paternidad y la muerte; angustia primaria ante situaciones que delatan la ausencia de la madre quien lo salva de su indefensión; así sucede con los miedos infantiles a la oscuridad, la soledad o la presencia de personas extrañas. Estos miedos suelen ser pasajeros, si bien nada en el psiquismo desaparece sino que pierde, por decirlo de alguna forma, preeminencia y es en cierta medida sustituido por organizaciones posteriores; el mayor temor infantil es perder la protección del amor materno y este miedo a la pérdida del amor nos acompañará toda la vida, siendo fuente de evolución de patologías cuando se hace extremo y único.

La simbolización de la figura paterna no está en relación con la presencia real de un señor en la casa, sino con las frases que introducen al niño, niña en una prohibición fundante, que le arranca de ese delirio inicial donde él, ella  y su madre son el uno(a) para el otro, donde se colman mutuamente; ilusión de completud, por cierto, que vuelve a acontecer con facilidad en las relaciones de pareja y que hace de obstáculo al amor, al mismo tiempo que de llave maestra para el maltrato familiar.

Los trastornos neuróticos más frecuentes en la infancia son las histerias de angustia o angustia por separación que en su miedo excesivo, delatan ese sello de máscara para una escena donde la amenaza no es el animal temido sino una relación ilimitada con la madre, es decir, carente de esa sujeción, de esa paz que regala el límite de saber que uno no es el único objeto de amor privilegiado para ella, sino que en su vida hay otros, que hay un padre; y padre, insistimos, no es la estatua de un hombre sino una conversación en el tiempo donde el niño, niña  aprende que su existencia es producto de una relación entre el padre y la madre, que la madre necesitó a otros para hacerlo a él.

El exceso de chineo  no sólo mantiene a los niños, niñas  sobreexcitados e hiperactivos sino sobre todo angustiados; en ocasiones, la madre en su comprensible afán de satisfacer todas las necesidades de su hijo, hija  ignora que en realidad esa atención exclusiva asfixia el crecimiento del niño, niña, porque para entrar en el campo del deseo social, que se presenta como deseo de estudiar, de dibujar, de cantar,es necesario ver a otros desear, y no sólo eso, ver a otros desear a otro, que no es uno mismo.

El deseo está siempre sujeto a la angustia de lo desconocido, de no poder avanzar sino en la incertidumbre de no tener una imagen de mi, o sea, de no saber quién soy, hasta después del acto.

La angustia debe ser instante, pasaje, una tensión que  muestra por dónde circula mi deseo y me exige una espera ocupada en hacer las tareas del momento.

Toda permanencia en la angustia es un síntoma de un complejo inconsciente donde la persona ha quedado atrapada  y la psicología, si tu deseas puede ayudarte.

Bibliografía.

  • Alcalde Lapiedra, M. T. (1991). Los trastornos de conducta en la infancia y sus relaciones con las vivencias de ansiedad y depresión. Zaragoza: Universidad.
  • American Psychiatric Association. (2000). Diagnostic criteria from DSM-IV-TR. Washington, D.C.: American Psychiatric Association.
  • Ayuso Gutiérrez, J. L. (1988). Trastornos de angustia. Barcelona: Martínez Roca
  • Sören, K. (1930). El concepto De La Angustia.  Madrid. Editorial Occidente.
  • Vázques, J.L y Herrán, A. (2006) Trastornos de Ansiedad. Barcelona. Editorial. El Sevier-Masson
  • Wilson, R. Reid (2001) No Al Pánico.  Como conrolar los ataques de angustia. Chile. Editorial Cuatro Vientos.

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